Sobre las metas no alcanzadas
Casi todos conocemos la decepción de no alcanzar nuestras metas. A menudo nos proponemos lograr muchas cosas y, cuando no lo conseguimos tan pronto como esperábamos, llegan la frustración, la culpa y, a veces, el agotamiento.
Sin embargo, debo preguntar: ¿es posible alcanzar todas nuestras metas? Quizá estés de acuerdo conmigo en que la mente humana puede concebir muchas más metas de las que una persona es capaz de realizar. ¿Por qué, entonces, culparnos de no poder hacer lo imposible?
A veces parece que, al intentar realizarnos, agradar a los demás y demostrar nuestro valor, nuestra mente se vuelve contra nosotros. Olvidamos nuestra propia naturaleza, el hecho de que formamos parte del mundo natural. ¿Acaso la naturaleza nos entrega al nacer una lista de metas que debemos alcanzar? No lo creo. Poco a poco vamos formando nuestras propias metas y adoptamos otras de quienes nos rodean. Tal vez, entonces, también podamos cambiar un poco nuestra relación con ellas y aliviar parte de la tristeza cuando quedan sin cumplir.
¿No esperarás que no tenga ninguna meta?
Eso difícilmente parece posible. El deseo de lograr algo nos ha llevado a hacer muchas cosas extraordinarias. Las metas nos acompañarán a lo largo de la vida, queramos o no. Pero podemos influir en cómo nos relacionamos con ellas, tanto con las que están a nuestro alcance como con las que quedan fuera de él.
Volvamos primero a mirar cuántas metas tenemos. Solo podemos perseguir un número limitado a la vez. Y, sin embargo, a menudo ocupamos el cuerpo y la mente con tantas metas distintas que nos sentimos dispersos y abrumados. Así como una sola jarra no puede llenar cien vasos hasta el borde, una persona no puede alcanzar cien metas al mismo tiempo. Quizá tenga sentido, entonces, ser sinceros y amables con nosotros mismos y proponernos solo lo que podemos abarcar. Dejar ir las demás metas y volver a ellas en el futuro, si es posible.
La amabilidad y la ternura también hacen falta mientras trabajamos por nuestras metas. No podemos esperar que cada día traiga avances, que cada acción nos acerque a lo que deseamos lograr. Ni siquiera la lluvia puede caer eternamente. Necesitamos descanso, momentos en los que no nos exijamos nada. Por eso, no desesperes cuando tu cuerpo o tu mente protesten y todo parezca estar al revés. Permítete detenerte, escucharte y dejar que las cosas fluyan por un tiempo.
¡Pero yo solo tenía una meta y no lo conseguí!
Ni siquiera una sola meta tiene garantizado su cumplimiento. A veces entra en conflicto con otra cosa que también nos importa. Un padre que acepta un trabajo estable para mantener a su familia puede renunciar con ello a parte de su anhelo de una vida aventurera, en la que se dejaría llevar por el mundo como una hoja llevada por la corriente de un río. No por eso tiene que lamentar su decisión. Un estudioso que quiere explorar los misterios de la ciencia puede descubrir que le queda menos tiempo para una vida bohemia del que había imaginado.
Algunas decisiones cierran de forma natural la puerta a otras posibilidades. A veces, sin embargo, podemos entrar por una ventana o al menos mirar por el ojo de la cerradura. Incluso un estudiante ocupado puede saborear de vez en cuando, durante el fin de semana, la vida de un joven bohemio. Incluso alguien que trabaja en una oficina y tiene corazón de aventurero puede salir alguna vez a explorar lo desconocido.
Otras veces, una meta parece inalcanzable porque aún no ha llegado su momento. No podemos pedirle a un árbol que dé frutos en invierno. Antes de que los frutos maduren, tiene que llegar la primavera y el árbol debe florecer. La cosecha no pertenece solo al verano y al otoño; lo que los precedió también tiene su parte en ella. Sin embargo, a menudo solo queremos los frutos, preferiblemente de inmediato, y olvidamos todo lo invisible que contribuye a su maduración. Quizá podamos, entonces, ser más pacientes con nosotros mismos y con los demás cuando las cosas requieren trabajo y tiempo. La impaciencia no acortará el tiempo que necesitan, pero puede aumentar nuestro pesar.
Algunas metas, sin embargo, nunca las alcanzaremos. Pueden superar nuestras capacidades, o las circunstancias pueden haber cerrado el camino hacia ellas. No siempre es fácil reconocer dónde está ese límite. A veces, no obstante, ya sabemos que esperar más o esforzarnos más no será suficiente. Es natural sentir decepción. Aunque olvidemos por un tiempo una meta no alcanzada, puede volver de pronto a nuestra mente y arrastrarnos de nuevo a pensar en lo que pudo haber sido. No hace falta reprimir esta tristeza ni culparnos cuando regresa. Algo nos importaba y nos duele que no se haya hecho realidad.
Quizá, con el tiempo, algo más llene el espacio que dejó una meta no alcanzada. Y, aunque no sea así, seguirás siendo una persona completa. Que algo te falte no significa que tu vida haya sido un fracaso. La naturaleza no te dio al nacer una lista de tareas que debieras cumplir para demostrar tu valor. Lo que no se hizo realidad puede seguir importándote. Incluso con ese deseo sin cumplir, tu vida sigue siendo una vida humana completa.