Lo que queda de una persona

De vez en cuando, un pensamiento se invita a entrar en mi mente, como en la de todos nosotros: el pensamiento de lo que he dejado, de lo que voy dejando y de lo que quedará de mí cuando ya no esté. A decir verdad, no siempre es una visita agradable. Por lo general amamos la vida y tenemos tantos planes; sin embargo, sabemos que a cada hora se acerca el final de nuestra existencia, sin saber cuándo llegará.

Entonces: ¿qué quedará de ti?

Yo digo que mucho, y más aún, sea como sea tu vida. ¿Qué eras antes de empezar a existir? El óvulo de tu madre, la semilla de tu padre. En ellos había partes de sus madres y sus padres, de sus antepasadas y antepasados. El impulso de toda esta transformación procedía de las plantas y los animales que existieron mucho antes que tú, y estos, a su vez, existieron gracias al material biológico de otros animales y plantas anteriores a ellos. Después de nacer, seguiste alimentándote de otros animales y plantas para poder crecer y desarrollarte. Así también tú puedes convertirte en antepasado de tus descendientes, hacer posible que vivan y formar parte física de ellos.

Pero no puedo tener hijos. Quizá ni siquiera quiera tenerlos.

Tal vez te consuele saber que no tienes que hacer nada. El orden natural de las cosas se ocupará de ello. Tarde o temprano, tu cuerpo volverá a la tierra, al agua y al aire. Se convertirá en alimento para otros organismos y en parte de nuevas transformaciones. Así pasarás a formar parte de miles de cosas, del mismo modo que surgiste de miles de cosas. Ellas serán tu descendencia.

Parte de la flor cuyo aroma respiré hoy pudo haber sido, alguna vez, un gran rey de un antiguo reino. Parte de la mariposa que acaba de pasar junto a mí pudo haber sido un fragmento de un mendigo de aquel mismo reino. ¿Puedo siquiera decir que hoy soy la misma persona que hace un año, un mes o tan solo un día? Cada día mueren y abandonan mi cuerpo miles de células, mientras recibo alimento de miles de fuentes para crear otras nuevas. Después de mi muerte, será simplemente otro estómago, otra raíz, lo que continúe esta transformación.

Pero eso ya no serás tú. Ya no vivirás ni sentirás.

No, no será una continuación de mi conciencia tal como la conozco hoy. Ninguna transformación de la materia puede borrar esa pérdida. Pero ¿quién es ese «yo» cuya pérdida temo? Puedo pasar una parte de mi vida persiguiendo una carrera, otra meditando en las cumbres de las montañas y otra vagando despreocupadamente por el mundo. Para quien me observara todo ese tiempo, podría parecer que viví tres vidas y que entre ellas morí dos veces.

¿Y acaso mi conciencia y mi identidad no están moldeadas por las personas y las cosas que me rodean? ¿No vive en mí el maestro que me enseñó a leer, aunque ya haya muerto? El acto desinteresado de un héroe puede inspirar a un poeta a escribir un poema y, a través de él, perdurar en las generaciones venideras. La visión de un prado en flor al atardecer puede permanecer años en mi memoria, aunque hayan pasado muchos inviernos y las flores hayan muerto hace tiempo. Así como mi conciencia está tejida con miles de influencias, también yo, con mi vida y con mi muerte, alcanzo a miles de otras vidas.

Pero quizá no sea capaz de dejar nada extraordinario.

¿Acaso las personas, las plantas o los animales necesitan para vivir únicamente cosas extraordinarias, raras y excepcionales? Todo lo contrario. Necesitan agua, luz del sol, aire y alimento sencillo: cosas del todo ordinarias y, sin embargo, indispensables. Lo ordinario sostiene nuestro mundo y todo lo que hay en él.

Y, después de todo, ¿quién decide qué es extraordinario? Una canción, una pintura u otra obra de arte puede conmover a una persona en un lugar cuya existencia su creador ni siquiera sospechaba, mientras deja indiferente a otra.

No podemos prever todos los efectos futuros de nuestros actos, y mucho menos esperar que afecten a todos del mismo modo. ¿Quién puede juzgar, entonces, qué es extraordinario y qué no, qué merece o no convertirse en aquello que quede de nosotros? No hace falta que quede nada extraordinario de una persona para que quede mucho. Las cosas ordinarias que recibió y transmitió pueden ser tan indispensables como el agua, el aire o la luz.